
Simplemente permanecer. Despertarte un día después de llevar mil siglos muerto y descubrir que permaneces.
Sobrevivir, recorrer los días y reconocer hasta el último poro de las simétricas noches. Resistir, latir secretamente como semilla en el lunes, en el martes, en el miércoles, en el jueves, en el fin de semana y aguantar un suspiro frente al siguiente lunes tan igual al anterior como al próximo.
Pero un día descubrir que permaneces, que estás ahí, aunque no te lo termines de creer; reconocerte tras toda esa losa de días, tras ese muro que reconstruyes minuciosamente segundo a segundo no vaya a ser que alguien venga y con la punta de su dedo toque tu corazón y un terremoto te recorra como un galgo y se abra tu telón y el aforo te mire y te vea sin máscara, sin maquillaje, sin corazón coraza.
Permanecer para un día recobrar todos los días, para que ese instante recompense las noches, permanecer para vivir, sobrevivir para permanecer o simplemente desvanecerse anónimo, fugaz, seguro de sí mismo como un perro o un ferrocarril.